El portal norte de la Plaza de España ha tenido muchos nombres a lo largo de los siglos. Lo llamaron de la Cárcel, de las Tiendas, de las Boticas, de los Esparteros, del Pan. Cada denominación era un inventario de lo que allí ocurría; un modo de decir que los soportales no son únicamente arquitectura sino también memoria acumulada de usos y de gente. Hoy ese portal se llama de "La Casineta", y en ese nombre cabe una historia que comienza mucho antes de que Manolo colocara la primera taza sobre la barra.
Fue don Sandalio Zambrano y Vargas-Zúñiga quien bautizó el local en 1909. Ya existía el Casino Llerenense, de la más alta alcurnia social, y este nuevo establecimiento, de condición más llana y accesible, recibió el diminutivo aceptando el nuevo rango con orgullo: "La Casineta". Algo pequeño y familiar al mismo tiempo, sin la pompa del nombre mayor pero con todo el calor que lo grande suele perder por el camino. En la inauguración tocó la banda del señor Benjumea, el conserje Rodríguez Valencia repartió manzanilla y cigarros con una generosidad que la crónica del Nuevo Diario de Badajoz anotó con admiración; y entre los concurrentes se contaban hombres de apellidos que Llerena aún reconoce. Aquella noche de septiembre el local arrancaba con la formalidad de lo que quiere durar.
Y duró.
El portal que acoge "La Casineta" comparte con el resto de los soportales de la plaza ese sabor mudéjar que tienen los arcos más tardíos, los que se abren hasta llegar al medio punto como si quisieran abarcar más de lo que pueden. Conviviendo con los soportales, justo al lado, estuvo durante siglos la Cárcel de la Gobernación, haciendo esquina con la calle que aún lleva ese nombre. La proximidad no es casual ni decorativa: durante mucho tiempo el portal fue el lugar donde la vida pública —el comercio, la vigilancia, el castigo, el trato— se desenvolvía sin solución de continuidad. Donde había esparteros, después hubo boticas; donde hubo boticas, después hubo algo más parecido a la conversación. El portal aprendió que su función verdadera no era albergar un oficio concreto sino proporcionar el espacio donde la ciudad se reconocía a sí misma.
"La Casineta" ocupa ese espacio desde entonces.
Dos puertas de cristal y palillería, cada una con sus dos hojas, dan acceso a un interior que se distribuye en cuerpos distintos como se divide el día. El primero es el bar propiamente dicho, el territorio de la barra: madera maciza, frente amplio y dos laterales que llevan más de cincuenta años aguantando con perseverancia el peso de los codos y de las conversaciones. El lateral derecho es el más corto y da paso a unas escaleras; el izquierdo, algo más largo, conduce a la sala que conserva todavía el aire del antiguo casino: mesas donde la gente se sienta con intención de quedarse, y en cuyas paredes el tiempo ha dejado el rastro silencioso de las partidas de dominó que nunca terminan del todo, de los gestos repetidos y las voces que vuelven cada tarde como si no hubieran salido.
Hay en la barra algo de mueble doméstico, de tabla de cocina donde la vida se sedimenta sin ceremonias. Ese ambiente —el de los bares de pueblo donde nadie es del todo extraño porque todos han estado antes— no se construye: se deposita, año tras año, como se asienta el poso en el fondo de las tazas de café y de las cosas tranquilas.
Por supuesto, no falta un escalón para apoyar los pies: uno de esos detalles que solo entiende quien ha pasado muchas horas ante una barra. Por la mañana recibe el peso ligero de quien acaba de llegar, el pie todavía fresco, todavía sin historia. A mediodía soporta algo más denso: el cansancio a medias, el cuerpo que aún no ha terminado pero ya acusa. Al caer la tarde, el pie que descansa sobre ese escalón ha andado todo lo que tenía que andar. El escalón lo sabe. La madera lo ha aprendido.
El frente de ladrillo visto tiene algo de piel envejecida con dignidad: no disimula los años sino que los lleva encima como quien sabe que cierta antigüedad no se compra. Y, escorado a la derecha, al lado de la máquina de café, un hueco hacia la cocina por donde transitan algunas bebidas y las raciones con la discreción de quienes conocen bien su camino. Granizada hecha allí mismo por Manolo cuando el calor aplasta la plaza. Manteca colorá casera que se vierte sobre la tostada como si derramara el último rescoldo de una lumbre de invierno: despacio, con ese color entre el ocre y el bermellón que no pertenece a ninguna carta de restaurante sino a la memoria de las mañanas frías y el pan caliente. Calamares donde la fritura guarda su secreto entre la costra crujiente y el interior que cede. Lomo al ajillo que es ajo y aceite y paciencia en la proporción justa. Cosas todas que no están en ninguna guía porque no necesitan estarlo: se saben de boca en boca, de visita en visita.
Desde 1992 está Manolo detrás de la barra como propietario, aunque decir que llegó desde fuera sería inexacto. Creció en este oficio como crecen las personas que nacen en el lugar que les corresponde: sin brusquedad, sin ruptura. Hombre dicharachero, de palabra chispeante y con esa ironía tan suya que desactiva el mal tiempo sin nombrarlo. La mitad del oficio consiste en hacer que las cosas ocurran antes de que nadie las pida; la otra mitad, en que quien entra con el gesto torcido salga sin saber exactamente cuándo se le enderezó. Hay en su diligencia algo de lo que no se anuncia: en los bares de pueblo ese acogimiento particular —que no se aprende sino que se tiene o no se tiene— es lo que convierte el local en algo más parecido a un espacio conocido en el que compartir vivencias que a un establecimiento.
La mañana empieza con espuma de café. Esa sustancia blanca y fugaz que corona la taza durante unos segundos y luego desaparece, como si quisiera recordar que no todo puede guardarse. Es la hora de los que tienen que ir a algún sitio y de los que descubren que ese sitio puede esperar. La plaza aún no ha terminado de desperezarse, los arcos filtran una luz que todavía no sabe si quedarse, y sobre la barra de madera el día comienza a medirse en tazas.
Conforme avanza la mañana la espuma cambia de naturaleza.
La del café muta en espuma de cerveza: más densa, más obstinada, que no desaparece tan rápido sino que aguanta y resiste, como aguantan y resisten ciertas charlas cuando son amenas o ingeniosas.
Al mediodía la plaza vierte dentro todo su hervidero. Las voces suben, las sillas se arrastran, el aire se espesa con olor a fritura y a diálogos simultáneos, bulliciosos. "La Casineta" se vuelve otra cosa: no el bar del desayuno pausado sino el refugio de quienes han pasado la mañana fuera y necesitan un techo, aunque sea de soportal, bajo el que reconocerse.
Esa transformación ocurre despacio, sin anuncio, como ocurren las cosas que forman parte de un ritmo. Y en ese ritmo "La Casineta" va pasando por sus distintos estados: el bar de los desayunos apresurados; el bar del mediodía donde el calor de fuera hace la sombra de los soportales especialmente necesaria; el bar de la tarde donde llega gente que no busca nada concreto sino solo un lugar donde la carga del día se alivie un poco.
Desde las mesas bajo los soportales se ve la fachada de la Granada cambiando de color conforme gira la luz. Se escucha el reloj de la torre marcando horas que nadie en "La Casineta" parece del todo obligado a obedecer. Pasan turistas con la vista levantada hacia la iglesia, personas que entran y salen del Ayuntamiento, niños que atraviesan la plaza corriendo hacia algún lugar que solo ellos conocen. Todo pasa delante. El bar ocupa el punto exacto desde donde la ciudad puede mirarse sin que nadie se lo proponga, como si los soportales fueran el lugar natural para ese tipo de observación pretérita y pausada.
En las paredes, las fotografías que Manolo ha colgado a lo largo de décadas componen una galería involuntaria: la crónica del Nuevo Diario de Badajoz del 10 de septiembre de 1909 enmarcada como un acta de nacimiento; un viejo con dos palillos en la boca, ese gesto tan de bar y tan de otro tiempo, como si masticar el aire fuera también una forma de esperar; la plaza con otro aspecto, iglesias de antes, rostros que ya no vuelven. No hay melancolía forzada en esas imágenes. Están allí como están los muebles de una casa donde se ha vivido de verdad: sin orden museístico, sin intención de impresionar. Simplemente porque alguien decidió que valía la pena guardarlas.
Cuando la noche cierra la plaza y las mesas de fuera se vacían, "La Casineta" retiene a los últimos con esa capacidad que tienen ciertos lugares de hacer que marcharse resulte siempre un poco aplazable. La luz amarilla cae sobre la madera de la barra, y Manolo sigue allí, como continúan sus cuadros de sabor añejo: haciendo lo que hacen los portales de esta plaza desde mucho antes de que él naciera: ser el lugar donde la ciudad se detiene un momento antes de seguir andando.
El portal ha tenido muchos nombres. El que tiene ahora es el que merece.
