viernes, 5 de junio de 2026

LA CASINETA

 




El portal norte de la Plaza de España ha tenido muchos nombres a lo largo de los siglos. Lo llamaron de la Cárcel, de las Tiendas, de las Boticas, de los Esparteros, del Pan. Cada denominación era un inventario de lo que allí ocurría; un modo de decir que los soportales no son únicamente arquitectura sino también memoria acumulada de usos y de gente. Hoy ese portal se llama de "La Casineta", y en ese nombre cabe una historia que comienza mucho antes de que Manolo colocara la primera taza sobre la barra.

Fue don Sandalio Zambrano y Vargas-Zúñiga quien bautizó el local en 1909. Ya existía el Casino Llerenense, de la más alta alcurnia social, y este nuevo establecimiento, de condición más llana y accesible, recibió el diminutivo aceptando el nuevo rango con orgullo: "La Casineta". Algo pequeño y familiar al mismo tiempo, sin la pompa del nombre mayor pero con todo el calor que lo grande suele perder por el camino. En la inauguración tocó la banda del señor Benjumea, el conserje Rodríguez Valencia repartió manzanilla y cigarros con una generosidad que la crónica del Nuevo Diario de Badajoz anotó con admiración; y entre los concurrentes se contaban hombres de apellidos que Llerena aún reconoce. Aquella noche de septiembre el local arrancaba con la formalidad de lo que quiere durar.

Y duró.

El portal que acoge "La Casineta" comparte con el resto de los soportales de la plaza ese sabor mudéjar que tienen los arcos más tardíos, los que se abren hasta llegar al medio punto como si quisieran abarcar más de lo que pueden. Conviviendo con los soportales, justo al lado, estuvo durante siglos la Cárcel de la Gobernación, haciendo esquina con la calle que aún lleva ese nombre. La proximidad no es casual ni decorativa: durante mucho tiempo el portal fue el lugar donde la vida pública —el comercio, la vigilancia, el castigo, el trato— se desenvolvía sin solución de continuidad. Donde había esparteros, después hubo boticas; donde hubo boticas, después hubo algo más parecido a la conversación. El portal aprendió que su función verdadera no era albergar un oficio concreto sino proporcionar el espacio donde la ciudad se reconocía a sí misma.

"La Casineta" ocupa ese espacio desde entonces.

Dos puertas de cristal y palillería, cada una con sus dos hojas, dan acceso a un interior que se distribuye en cuerpos distintos como se divide el día. El primero es el bar propiamente dicho, el territorio de la barra: madera maciza, frente amplio y dos laterales que llevan más de cincuenta años aguantando con perseverancia el peso de los codos y de las conversaciones. El lateral derecho es el más corto y da paso a unas escaleras; el izquierdo, algo más largo, conduce a la sala que conserva todavía el aire del antiguo casino: mesas donde la gente se sienta con intención de quedarse, y en cuyas paredes el tiempo ha dejado el rastro silencioso de las partidas de dominó que nunca terminan del todo, de los gestos repetidos y las voces que vuelven cada tarde como si no hubieran salido.

Hay en la barra algo de mueble doméstico, de tabla de cocina donde la vida se sedimenta sin ceremonias. Ese ambiente —el de los bares de pueblo donde nadie es del todo extraño porque todos han estado antes— no se construye: se deposita, año tras año, como se asienta el poso en el fondo de las tazas de café y de las cosas tranquilas.

Por supuesto, no falta un escalón para apoyar los pies: uno de esos detalles que solo entiende quien ha pasado muchas horas ante una barra. Por la mañana recibe el peso ligero de quien acaba de llegar, el pie todavía fresco, todavía sin historia. A mediodía soporta algo más denso: el cansancio a medias, el cuerpo que aún no ha terminado pero ya acusa. Al caer la tarde, el pie que descansa sobre ese escalón ha andado todo lo que tenía que andar. El escalón lo sabe. La madera lo ha aprendido.

El frente de ladrillo visto tiene algo de piel envejecida con dignidad: no disimula los años sino que los lleva encima como quien sabe que cierta antigüedad no se compra. Y, escorado a la derecha, al lado de la máquina de café, un hueco hacia la cocina por donde transitan algunas bebidas y las raciones con la discreción de quienes conocen bien su camino. Granizada hecha allí mismo por Manolo cuando el calor aplasta la plaza. Manteca colorá casera que se vierte sobre la tostada como si derramara el último rescoldo de una lumbre de invierno: despacio, con ese color entre el ocre y el bermellón que no pertenece a ninguna carta de restaurante sino a la memoria de las mañanas frías y el pan caliente. Calamares donde la fritura guarda su secreto entre la costra crujiente y el interior que cede. Lomo al ajillo que es ajo y aceite y paciencia en la proporción justa. Cosas todas que no están en ninguna guía porque no necesitan estarlo: se saben de boca en boca, de visita en visita.

Desde 1992 está Manolo detrás de la barra como propietario, aunque decir que llegó desde fuera sería inexacto. Creció en este oficio como crecen las personas que nacen en el lugar que les corresponde: sin brusquedad, sin ruptura. Hombre dicharachero, de palabra chispeante y con esa ironía tan suya que desactiva el mal tiempo sin nombrarlo. La mitad del oficio consiste en hacer que las cosas ocurran antes de que nadie las pida; la otra mitad, en que quien entra con el gesto torcido salga sin saber exactamente cuándo se le enderezó. Hay en su diligencia algo de lo que no se anuncia: en los bares de pueblo ese acogimiento particular —que no se aprende sino que se tiene o no se tiene— es lo que convierte el local en algo más parecido a un espacio conocido en el que compartir vivencias que a un establecimiento.

La mañana empieza con espuma de café. Esa sustancia blanca y fugaz que corona la taza durante unos segundos y luego desaparece, como si quisiera recordar que no todo puede guardarse. Es la hora de los que tienen que ir a algún sitio y de los que descubren que ese sitio puede esperar. La plaza aún no ha terminado de desperezarse, los arcos filtran una luz que todavía no sabe si quedarse, y sobre la barra de madera el día comienza a medirse en tazas.

Conforme avanza la mañana la espuma cambia de naturaleza.

La del café muta en espuma de cerveza: más densa, más obstinada, que no desaparece tan rápido sino que aguanta y resiste, como aguantan y resisten ciertas charlas cuando son amenas o ingeniosas.

Al mediodía la plaza vierte dentro todo su hervidero. Las voces suben, las sillas se arrastran, el aire se espesa con olor a fritura y a diálogos simultáneos, bulliciosos. "La Casineta" se vuelve otra cosa: no el bar del desayuno pausado sino el refugio de quienes han pasado la mañana fuera y necesitan un techo, aunque sea de soportal, bajo el que reconocerse.

Esa transformación ocurre despacio, sin anuncio, como ocurren las cosas que forman parte de un ritmo. Y en ese ritmo "La Casineta" va pasando por sus distintos estados: el bar de los desayunos apresurados; el bar del mediodía donde el calor de fuera hace la sombra de los soportales especialmente necesaria; el bar de la tarde donde llega gente que no busca nada concreto sino solo un lugar donde la carga del día se alivie un poco.

Desde las mesas bajo los soportales se ve la fachada de la Granada cambiando de color conforme gira la luz. Se escucha el reloj de la torre marcando horas que nadie en "La Casineta" parece del todo obligado a obedecer. Pasan turistas con la vista levantada hacia la iglesia, personas que entran y salen del Ayuntamiento, niños que atraviesan la plaza corriendo hacia algún lugar que solo ellos conocen. Todo pasa delante. El bar ocupa el punto exacto desde donde la ciudad puede mirarse sin que nadie se lo proponga, como si los soportales fueran el lugar natural para ese tipo de observación pretérita y pausada.

En las paredes, las fotografías que Manolo ha colgado a lo largo de décadas componen una galería involuntaria: la crónica del Nuevo Diario de Badajoz del 10 de septiembre de 1909 enmarcada como un acta de nacimiento; un viejo con dos palillos en la boca, ese gesto tan de bar y tan de otro tiempo, como si masticar el aire fuera también una forma de esperar; la plaza con otro aspecto, iglesias de antes, rostros que ya no vuelven. No hay melancolía forzada en esas imágenes. Están allí como están los muebles de una casa donde se ha vivido de verdad: sin orden museístico, sin intención de impresionar. Simplemente porque alguien decidió que valía la pena guardarlas.

Cuando la noche cierra la plaza y las mesas de fuera se vacían, "La Casineta" retiene a los últimos con esa capacidad que tienen ciertos lugares de hacer que marcharse resulte siempre un poco aplazable. La luz amarilla cae sobre la madera de la barra, y Manolo sigue allí, como continúan sus cuadros de sabor añejo: haciendo lo que hacen los portales de esta plaza desde mucho antes de que él naciera: ser el lugar donde la ciudad se detiene un momento antes de seguir andando.

El portal ha tenido muchos nombres. El que tiene ahora es el que merece.

martes, 26 de mayo de 2026

LA BIBLIOTECA ARTURO GAZUL

 



Uno entra en la Biblioteca Arturo Gazul y tiene la sensación de que el bullicio de la calle de Santiago se queda detenido unos segundos en la puerta. El edificio ha aprendido, después de siglos, a contener una forma distinta de ritual. No la gravedad de los templos vacíos ni la frialdad de los archivos, sino algo más frágil: la quietud de quienes buscan en los libros una manera de demorarse en el tiempo.

Antes de ser biblioteca fue iglesia del hospital de San Juan de Dios. La orden hospitalaria llegó a Llerena en el siglo XVII con el propósito de atender a pobres y enfermos, y durante siglos este lugar significó alivio para la fragilidad humana: cuerpos agotados, enfermedades, hambre, cansancio, abandono. Nació para cuidar. Los muros parecen recordarlo todavía: conservan una atmósfera que se adhiere a la piedra como si hubieran aprendido a bajar la voz mucho antes de llenarse de libros.

Desde fuera, la fachada barroca del XVIII mantiene una dignidad contenida. Ladrillo rojizo. Molduras claras. La portada elevada sobre la puerta de madera. Esa mezcla tan extremeña entre austeridad y elegancia. Sobre la entrada permanece la granada simbólica de la Orden de San Juan de Dios, discreta pero visible. Las hornacinas a ambos lados guardan ahora –en lugar de imágenes sagradas– esculpidas representaciones de libros. Es la única advertencia de lo que ocurre adentro.

Al cruzar el umbral, la nave se despliega con una verticalidad inesperada. Todo obliga a levantar la mirada: la bóveda, los arcos sucediéndose limpios, la luz descendiendo desde arriba como si aún buscara un altar que desapareció no hace muchos años. La cubierta de medio cañón. Las lunetas. La cúpula que ocupa el crucero con su linterna. Todo permanece intacto. Donde antes había imágenes religiosas ahora ascienden estanterías de madera inmensas, revestidas de libros como antiguos retablos. El espacio que fue templo se reconoce aún en sus proporciones, en su resplandor blanco, en esa forma de conducir la vista hacia arriba.

La transformación no resulta violenta porque el edificio no renunció a lo que fue. Simplemente aprendió otra manera de servir. Las estructuras de madera que sostienen los libros poseen algo de arquitectura sagrada, de cajas diseñadas para custodiar lo que importa. En medio de ellas ascienden escaleras helicoidales, ligeras e improbables, como dos espirales suspendidas en la nave. El conocimiento elevándose, buscando la altura que antes pertenecía a otras formas de trascendencia.

Mientras tanto, abajo, la vida cotidiana continúa sin dramatismo. Niños en talleres. Adolescentes sesteando sobre los apuntes. Jubilados leyendo el periódico con una paciencia antigua. Personas que simplemente buscan un lugar donde sentarse lejos del tumulto. Todo bajo una bóveda barroca que nunca imaginó recibirlos.

Leer tiene algo de ceremonia laica. Las voces descienden automáticamente. Los pasos se vuelven prudentes. Incluso quienes llegan apresurados terminan adaptándose al ritmo del lugar, como si el propio edificio impusiera otra respiración sin palabras.

Conforme cae la tarde, el interior cambia. El resplandor blanco se desplaza lentamente por las paredes. Los reflejos dorados bailan sobre la madera de las estanterías. Hay momentos en que la biblioteca adquiere una belleza irreal, tal si el edificio recordara brevemente su antiguo destino religioso.

Pero lo más sobrecogedor no está arriba.

Sino debajo.

Bajo el suelo de la antigua nave, justo a la altura del altar, una cristalera permite observar la cripta. Y allí abajo permanecen todavía restos humanos organizados en pequeños nichos de piedra abiertas en los muros, cavidades silenciosas donde descansan cráneos y huesos sobre los que han ido cayendo los años en el mismo edificio donde hoy se estudia, se lee y se escribe.

La primera vez que uno se detiene sobre ese cristal siente algo difícil de ordenar.

No miedo exactamente.

Más bien una conciencia súbita del tiempo.

Arriba, los lectores pasan páginas. Abajo, los muertos permanecen inmóviles dentro de aquellas aberturas de piedra. Entre ambos mundos apenas unos centímetros de cristal separan la memoria viva de la memoria absoluta. Y, sin embargo, no hay contradicción en ello. Al contrario: parece existir una armonía extraña entre los huesos ocultos bajo tierra y los libros elevándose hacia la bóveda. Como si el edificio entero hubiera sido construido alrededor de una misma idea: conservar.

Conservar cuerpos. 

Conservar almas. 

Conservar palabras.

Y quizá por eso la Biblioteca Arturo Gazul conmueve de una manera distinta a otros edificios históricos de Llerena. Porque no es un monumento convertido en decorado turístico. Sigue siendo un lugar vivido. Un espacio que todavía cumple una función profundamente humana. Aquí la historia no está separada de la vida: inspira.

Arturo Gazul fue periodista, escritor, abogado. Hombre profundamente vinculado a Llerena desde la infancia. Nació en Cala en 1887 pero se consideró siempre llerenense, hablando de la ciudad como de "mi pueblo". Viajó por muchos países –Italia, Grecia, Turquía, Egipto, Palestina, Alemania, Francia– enviando crónicas a la prensa extremeña desde lugares lejanos en los que no olvidaba sus orígenes. Fue uno de los fundadores del Ateneo Llerenense y de su biblioteca popular allá por 1928, cuando la ciudad decidió que el conocimiento también merecía un refugio. Murió en Berna en 1970. Representa perfectamente esa unión entre conocimiento y sensibilidad que el lugar parece custodiar. Resulta difícil imaginar un nombre más apropiado para un espacio donde conviven el pensamiento, la memoria y una forma de cuidado sigiloso.

Porque, en el fondo, toda biblioteca protege algo. No solo libros. También tiempo. Atención. Capacidad de detenerse. Durante las horas de la mañana, antes de que llegue el mediodía, el lugar se sosiega con una intensidad distinta. Tal vez hay quien entra huyendo del tumulto y se queda porque la bóveda lo devuelve a sí mismo, a su conciencia más íntima. Y todo permanece así, sin prisa, en esa suerte de circunspección que el edificio ha sabido amparar durante siglos a quienes vinieron antes a hacer exactamente lo mismo que nosotros: quedarse un rato dentro para que estas paredes nos serenen sin que nos demos cuenta.

Todos estos meros apuntes sobre Llerena han sido escritos allí, entre periódicos antiguos, fotografías amarillentas y libros abiertos sobre la mesa. Pudiera ser por eso sus estantes hayan terminado formando parte de los textos de manera recóndita, intuitiva.

Y, finalmente, cuando uno vierte las hojas de la puerta hacia la calle después de haber pasado allí varias horas, el hervidero exterior resulta durante unos segundos excesivo, implacable incluso. Entonces se comprende que el verdadero lujo de lugares como este no son únicamente los libros y ni siquiera su belleza.

Es haber conservado intacta la posibilidad del silencio.

jueves, 30 de abril de 2026

EL PALACIO DE LOS ZAPATA

 



Hay edificios por los que uno pasa sin reparar demasiado y hay otros que, sin anunciarse, detienen el paso antes incluso de cruzar el umbral. Algo —no se sabe bien qué— obliga a fijar la mirada en el dintel, la piedra, el hueco de la puerta que parece guardar más de lo que deja ver.

El Palacio de los Zapata es de esos. No porque se imponga. Al contrario: le basta con estar ahí.

Permanece discreto, a ras de calle, sin torres que se alcen desde lejos ni escudos que interrumpan la continuidad de la mirada. Podría confundirse con una forma de modestia si no llevara siglos en pie, si no arrastrara consigo esa persistencia callada que no necesita justificarse. Hay edificios que se anuncian; este, en cambio, se deja encontrar.

Fue Luis Zapata quien mandó levantarlo a comienzos del siglo XVI. Hombre cercano al poder, consejero de reyes, de esos que saben que la piedra prolonga lo que el tiempo termina borrando, lo construyó sobre un solar que ya había tenido vida antes, como si desde el origen estuviera destinado a sustituir sin desaparecer del todo lo anterior. Aquella casa afirmaba una idea clara de orden, de linaje, de continuidad.

Esa voluntad de permanencia duró, sin embargo, menos de lo que cabría esperar. Apenas unas décadas después, en 1570, dejó de ser lo que había sido para convertirse en sede del Santo Oficio, y ese tránsito —que podría parecer un simple cambio de inquilino— alteró su naturaleza de manera radical. Donde antes había vida privada se instaló el poder, y donde había movimiento cotidiano comenzó a organizarse el control.

Los muros permanecieron y las formas apenas variaron, pero el interior fue sometido a una reordenación profunda, como si alguien hubiera comprendido que no hacía falta rehacer el edificio para cambiarlo por completo. Se abrieron salas de audiencia, se redistribuyeron estancias, se habilitaron cárceles, y lo que había sido una arquitectura pensada para habitarse se convirtió en una estructura al servicio del procedimiento. Audiencias, archivos, dependencias administrativas y viviendas para los inquisidores se integraron en un conjunto que dejó de responder al pulso de vivir para someterse con silenciosa eficacia al oficio de vigilar.

Pero lo verdaderamente inquietante no residía en ese cambio visible, sino en la forma en que el espacio empezó a organizar el silencio. Quien entraba allí no solo quedaba separado de la calle, sino también suspendido en un aislamiento que desdibujaba cualquier referencia exterior: sin contacto real con otros, sin intercambio posible, sin una comprensión clara de aquello que se estaba decidiendo sobre él. No se trataba únicamente de encerrar cuerpos, sino de erosionar voluntades; la espera dejaba de ser tiempo para convertirse en desgaste, en una forma lenta y persistente de intervención sobre la conciencia.

Nada de eso necesitaba hacerse explícito para resultar eficaz. Bastaba con que funcionara.

La llamada sala dorada, con su artesonado y sus motivos ochavados, pasó a concentrar parte de esa nueva disposición, convirtiendo la estancia más noble en instrumento de una finalidad completamente distinta de aquella para la que había sido concebida. Todo quedó dispuesto con una racionalidad que no requería justificación, porque el poder, cuando está bien distribuido, no necesita alzarse ni proclamarse.

El patio ayuda a comprender ese desvío de sentido desde otro ángulo. Es un espacio de belleza contenida, de esa que pasa inadvertida si no se detiene uno a mirarla con calma: rectangular, de dos alturas, con arcos de medio punto que se repiten sin énfasis y pilares octogonales que sostienen la galería inferior mientras la superior parece aligerarse, como si el conjunto buscara perder peso a medida que asciende. La luz entra desde lo alto, se posa sobre el ladrillo envejecido y desciende lentamente hasta el suelo, componiendo una escena que, en apariencia, no contiene violencia alguna.

Y, sin embargo, la contuvo.

Ese patio no fue concebido para la contemplación, aunque hoy invite a ella, sino como un espacio de tránsito, un lugar intermedio donde se suspende el equilibrio precario de quien espera un veredicto dictado por adelantado. Por él caminaron funcionarios del Santo Oficio, testigos convocados, acusados que alzaban la vista hacia un cielo que no ofrecía salida, y por él pasaron documentos que fijaban destinos sin dejar rastro visible de su paso.

El tribunal que se asentó en aquel lugar extendía su jurisdicción mucho más allá de lo que la vista alcanza, abarcando numerosas villas y territorios sobre los que ejercía una autoridad que no necesitaba exhibirse para ser efectiva. Las cárceles secretas ocupaban las zonas más cerradas y antiguas, próximas a las audiencias, mientras que en las estancias superiores se distribuían los espacios del fiscal, de los notarios y de los archivos donde se acumulaban objetos y escritos incautados, de modo que la parte más noble del conjunto quedó plenamente subordinada a la función que lo había reconfigurado. Y, aun así, nada se vino abajo.

El edificio siguió en pie, como si la piedra no juzgara.

El deterioro llegó más tarde, no de forma abrupta, sino con esa lentitud característica de las pérdidas verdaderas. La Guerra de la Independencia lo dejó maltrecho, y para 1814 las reparaciones resultaban ya difíciles de afrontar: techos vencidos, artesonados derruidos, estancias llenas de escombros, puertas y ventanas desaparecidas. Las tropas francesas lo ocuparon y lo despojaron, progresivamente, de buena parte de su carácter, no tanto mediante un gesto deliberado de destrucción como a través de una erosión que parecía inevitable.

Lo que hoy se contempla no es el palacio original, sino aquello que logró resistir, y esa condición de superviviente incompleto le confiere una carga particular, distinta de la que poseen los edificios que impresionan por lo que son. Este lo hace, sobre todo, por lo que ha dejado de ser.

Y, sin embargo, no es una ruina.

Sigue habitado.

Desde 1974 alberga el Juzgado de Instancia Llerena, y en esa continuidad —aparente y, al mismo tiempo, profundamente alterada— hay algo que no puede considerarse casual. Donde hubo juicio, lo sigue habiendo; donde hubo palabras que decidían, esas mismas palabras continúan teniendo consecuencias, aunque el fundamento que las sostiene haya cambiado de forma radical.

Entrar cada mañana en ese edificio, en mi condición de abogado, no es simplemente acudir al trabajo, sino hacerlo con la conciencia —a veces tenue, a veces incluso física— de que ese mismo espacio fue escenario de una justicia de naturaleza muy distinta, en la que el procedimiento no garantizaba, sino que imponía, y en la que la palabra no protegía, sino que podía condenar por sí sola. Hoy, sin embargo, entre idénticas paredes opera otra disposición: los pasillos conducen a despachos donde se argumenta, las salas se abren a unas refutaciones que, lejos de ser inapelables, deben sostenerse, defenderse y resistir la impugnación.

Cada vez que subo esas escaleras hacia la planta primera, donde se distribuyen las dependencias de quienes trabajan en el juzgado, percibo el lastre de esa continuidad quebrada y es ahí donde la reflexión se vuelve inevitable. Abajo, en el patio, queda la sala de vistas, y antes de entrar en ella se alza la puerta de madera, maciza, imponente sin estridencias, como si hubiera aprendido a no llamar la atención precisamente porque siempre ha estado ahí. Hay algo en ese gesto —empujarla, cruzarla— que no es del todo cotidiano, como si al atravesarla se dejara atrás algo más que el aire del patio.

Fuera, en la galería donde se espera, el tiempo adquiere una cualidad suspendida. Las conversaciones se sostienen a media voz, los silencios no terminan de serlo, y todo parece colgar en vilo, sin que aún nada haya sido decidido. Los gestos —una carpeta que se abre, un paso que se repite, una mirada que se eleva sin encontrar destino— contienen una inquietud que no necesita expresarse. El patio no dictamina: contiene. Y en ese contener persiste una posibilidad, un margen en el que lo que ha de ocurrir todavía no se ha fijado del todo.

Dentro, en cambio, el tiempo se ordena. La incertidumbre se convierte en procedimiento y la palabra adquiere gravedad, se vuelve casi material, porque ya no se dice al pasar, sino que se sostiene, se confronta y deja rastro. Cruzar ese portón recio no es atravesar un espacio, sino un umbral: se abandona la espera abierta para entrar en un lugar donde lo dicho empieza a tener consecuencias. Y, sin embargo, es precisamente ahí donde ese desvío encuentra su sentido, porque los argumentos, al poder ser discutidos, dejan de ser imposición para convertirse en garantía; y la incertidumbre, lejos de desaparecer, se enfrenta a reglas que la mesuran sin anularla.

Cada vez que uno se coloca la toga antes de entrar en sala hay un instante —breve, casi imperceptible— en el que deja de ser una prenda para convertirse en recordatorio. Un recordatorio de que el oficio no es neutro, de que la defensa importa y de que cada palabra pronunciada constituye, en cierto modo, una respuesta a todo lo que se hizo mal antes, no para borrarlo —porque eso sería imposible—, sino para demostrar que se ha aprendido de ello.

Al salir, cuando la puerta se cierra y el aire de la calle devuelve al presente, queda una certeza difícil de eludir: la justicia no es eterna, y aquello que hoy consideramos irrenunciable —la defensa, la presunción de inocencia, el debido proceso— no lo fue siempre. Precisamente por eso resulta necesario recordar, no como ejercicio de nostalgia o de reproche, sino como forma de vigilancia.

El Palacio de los Zapata no es únicamente un edificio que alberga un juzgado, sino un lugar en el que el tiempo no termina de irse; un espacio que no concluye del todo, como si cada vista, cada alegato y cada sentencia marcaran distancia con su pasado. No para borrarlo, sino para afirmar que algo cambió, que la justicia dejó de ser instrumento del poder para convertirse en garantía.

Y mientras ese lugar siga en pie, mientras sigamos cruzando su patio cada mañana y mientras continuemos vistiendo esas prendas largas y negras que ya no significan lo mismo que antes, persistirá una memoria que obliga, que interroga y que observa desde el pasado. A ella solo cabe responder desde el presente con la convicción de que aquello no debe repetirse, al menos no aquí, al menos no mientras recordemos, al menos no mientras sigamos entendiendo que la toga no es un mero atavío solemne.

Es un compromiso.

miércoles, 11 de febrero de 2026

EL TUMBAÍTO




 

En Llerena, Pedro Cieza de León no se yergue. Ningún dedo señala horizontes, ningún libro abre sus páginas al viento. Está tumbado. Recostado contra el muro, ladeado, abstraído. Como quien llega de muy lejos con el cuerpo lleno de ausencias y, antes que palabras, necesita que el peso por fin toque tierra. Y esa postura —que el pueblo convirtió en apodo— dice más que todas las estatuas enhiestas. El nombre popular deja de ser ocurrencia. El tumbaíto no es burla: es exactitud. Manera llana de decir que hay hombres que regresan distintos, con el cuerpo levemente torcido por dentro. La piedra no lo exhibe: lo sostiene. Hay un cansancio que no se quita durmiendo, el de llevar un mundo nuevo dentro.

La muralla que lo acoge ha visto deshacerse los siglos. Piedra oscura, cal de otros tiempos. Ese lienzo que defendió a Llerena de lo ajeno protege ahora la memoria del cronista. La escena tiene la lógica callada de las cosas justas: el hombre que midió lo inconmensurable reposa contra lo que nunca se movió. La arquitectura medieval ampara al viajero perpetuo. Y en ese umbral entre el vuelo y la quietud se resume todo. Cieza fue alguien que nunca dejó de andar, pero que jamás encontró dónde echar el ancla del todo.

Nació en una Llerena turbulenta, entre 1518 y 1522, cuando Castilla aún sangraba por el levantamiento de los comuneros y la política afilaba el pulso de las ciudades. Fueron años de revuelta, de nobleza y corona en fricción, de villas que aprendían a pronunciar la palabra resistencia. Hijo de Lope de León y Leonor de Cazalla, de raíz judeoconversa, creció en un ámbito culto, cerca de familias de linaje donde la palabra pesaba. Su casa no ignoraba la vigilancia ni aquella sombra larga que la Inquisición proyectaba sobre los conversos, mutando cualquier gesto en indicio. Por eso aprendió pronto a mirar con tiento, a sopesar las palabras antes de que fueran tinta.

La historia lo llamó después el "Príncipe de los Cronistas de Indias", pero antes de ese título hubo un muchacho de trece años que el 3 de junio de 1535 se embarcó en Sevilla hacia lo que luego serían las Américas. No fue partida épica. Fue una fuga hacia lo inmenso, decisión precoz que dejó en Llerena un hueco que solo se llenaría de páginas. Uno imagina al niño en el puerto, mirando el agua oscura, sabiendo que al otro lado del mar había mundos sin nombre. Y uno imagina también a sus padres despidiendo a quien acaso no volverían a ver, entregándolo al océano con esa mezcla de orgullo y desgarro que tienen las despedidas sin retorno cierto.

Las Indias lo recibieron con violencia y asombro a partes iguales. No llegó a un paraíso: llegó a un territorio en armas, a un continente desgarrado entre imperios que declinaban y conquistadores que ascendían. Anduvo campañas desde Popayán hasta el Alto Perú, desde las costas de Venezuela hasta las tierras altas de Quito. Vio la selva tragarse ciudades, vio montañas que hendían el aire y ríos que parecían mares interiores. Y aun entre marchas forzadas, cercos y batallas, escribía. Tomaba notas en cualquier papel, anotaba nombres de plantas que ningún europeo conocía, dibujaba caminos que ningún cartógrafo había osado trazar.

Su Crónica del Perú no nació de la euforia del vencedor. Nació de la paciencia del que mira. Él mismo lo confesó con una frase que aún respira autenticidad: "Porque mi principal intento fue escribir verdad, sin mezcla de fábulas ni exageraciones". No prometió gloria: prometió fidelidad. Y esa promesa, en pleno siglo XVI, era casi rebeldía. Mientras otros levantaban relatos rectos, alineados con el poder, diseñados para justificar despojos o enaltecer conquistas, Cieza se demoraba en lo menudo: caminos, climas, costumbres, ríos. "Los caminos son tan largos y trabajosos que no se pueden andar sin grande fatiga", escribió. No hay épica en eso. Hay polvo, suelas gastadas, cansancio sin consuelo.

Y hay también algo maravilloso. Porque Cieza miraba a los pueblos vencidos no como enemigos, sino como civilizaciones enteras. Describía sus acequias con admiración, narraba sus cosmogonías con respeto, delineaba sus arquitecturas con precisión devota. En un tiempo donde muchos cronistas reducían América a un escenario vacío para plantar la cruz y ensalzar la gloria, él veía espesor, memoria, ingenio humano. Esa mirada ladeada explica su postura de hoy, su figura inclinada, su negativa silenciosa a la verticalidad del héroe.

Por eso la escultura que lo recuerda —obra de Ricardo García Lozano— es tan certera. El escultor imaginó un soldado incómodo con sus armas, dándoles la espalda para volver a la literatura, a lo que mejor se correspondía con su temple. No un guerrero triunfante: un hombre que se desprendió del hierro para abrazar la palabra. En la memoria municipal quedó, incluso, la frase que inspiró al artista, tomada seguramente del propio Cieza: "Pues muchas veces cuando los otros soldados descansan, cansado yo escribiendo". Esa sentencia resume su vida mejor que cualquier blasón. Sintetiza también una elección: elegir la pluma cuando la espada daba más prestigio, elegir la verdad cuando la ficción se pagaba mejor.

La escultura tiene algo de autorretrato involuntario. García Lozano trabajó el bronce con una textura áspera, casi rugosa, que captura bien la idea de un cuerpo maltratado por una naturaleza tan frondosa como hostil. No es bronce pulido, académico. Es materia que parece haber pasado por lo mismo que Cieza: largos trayectos, humedades extremas, soles implacables. Y esa correspondencia entre forma y sustancia no es azar. El escultor entendió que representar a Cieza exigía renunciar a la idealización, apostar por una honradez material que dialogara con la rectitud intelectual del cronista.

La ciudad también supo encontrarle un lugar. El parque que lleva su nombre, adosado al lienzo de muralla, se levantó sobre terrenos que el Ayuntamiento adquirió a finales del siglo XX en una operación urbana que fue, más que compra, un gesto de restitución. Durante décadas, ese espacio había sido un solar indefinido, un vacío que Llerena decidió convertir en recuerdo vivo. Allí, entre la piedra antigua y los bancos nuevos, se instaló la escultura en 1988, después de haber pasado por el patio consistorial donde nunca encontró el aire. Como si el bronce, ya hecho a la intemperie, no quisiera otro techo.

Llerena entendió que recordar también necesita arquitectura. Se allanó el suelo, se ordenó la piedra, y hoy quien pasa encuentra un sendero donde hubo una superficie yerma. No hizo falta sombra: la muralla la da, y también la memoria cuando se detiene. El parque no es un simple espacio: es pausa histórica donde el cronista descansa sin dejar de mirar. Desde ese punto, la muralla se extiende en ambas direcciones rememorando los límites antiguos de la villa. Y Cieza, inclinado contra la piedra, parece custodiar ese umbral entre dentro y fuera, entre lo conocido y lo ignoto, exactamente la frontera que él cruzó tantas veces.

Y sin embargo, la vida de Cieza no se quedó en mera contemplación. Sus años en América fueron un torbellino. Campañas y escritura, recorridos infinitos, descripciones minuciosas de pueblos, ritos, geografías. Durante tres décadas fue testigo de un mundo que mudaba la piel a golpe de espada y de tinta. Atravesó selvas donde la humedad pudría el papel, cruzó páramos donde el frío entumecía los dedos. Conoció el hambre de las marchas largas y la sed de los desiertos costeros. Vio caer compañeros y vio surgir ciudades de la nada. Y pese a todo —o precisamente por ello—, continuaba tomando notas.

Su método de trabajo era casi obsesivo. Interrogaba a indígenas, a soldados viejos, a frailes, a comerciantes. Contrastaba versiones, buscaba concordancias, descartaba lo inverosímil. Llevaba consigo un cuaderno que consultaba y ampliaba sin tregua. Intuía que aquella realidad fugaz necesitaba ser fijada antes de que se diluyera en el olvido. No escribía para impresionar: escribía para registrar. Y esa distinción marca toda su obra.

Regresó a Sevilla con poco más de treinta años y dedicó su tiempo a revisar y corregir, como quien pule un espejo para que la imagen no se distorsione. Vivía en una ciudad que era entonces la puerta de América, el puerto donde confluían las fortunas del Nuevo Mundo y también las historias. Allí, entre mercaderes que hablaban de oro y marineros que exageraban naufragios, Cieza trabajaba en silencio, ordenando sus papeles, dando forma definitiva a lo que había visto.

Hubo también vida doméstica, y eso lo acerca, lo humaniza aún más. En 1551 contrajo matrimonio con Isabel López de Abreu. Sabemos poco de ella, apenas un nombre en los registros, pero ese nombre basta para imaginar una vida compartida, conversaciones al atardecer, proyectos de futuro que tal vez nunca se cumplieron. Un año después, en enero de 1552, lo encontramos de nuevo en Llerena apadrinando a un sobrino en la iglesia de Santiago, compartiendo gestos familiares que no suelen figurar en los manuales. Aprovechó también aquel regreso para entrevistarse con su paisano Luis Zapata de Chaves, recién llegado de Flandes, otro viajero que conocía el peso de las distancias.

Escenas mínimas, pero que revelan algo: el cronista no era únicamente testigo del mundo, aún era hijo de su pueblo. Volvía a pisar las calles donde aprendió a andar, reconocía rostros, participaba en la vida menuda de una villa que lo vio partir niño y lo recibía hombre. Y en esos días en Llerena, rodeado de lo familiar, entendió mejor la dimensión de su propia distancia. Midió, por contraste, cuánto había cambiado él y cómo había permanecido intacto el lugar que dejó atrás.

Encargó la edición de su Crónica del Perú al impresor sevillano Martín Montes de Oca, y la obra vio la luz el 15 de marzo de 1553. La impresión fue cuidada, con grabados que ilustraban escenas del Nuevo Mundo, con un prólogo que explicaba sus intenciones. El éxito llegó, aunque fue breve. Los lectores encontraron en sus páginas algo distinto: unas tierras allende los mares que no eran simple escenario de hazañas, sino un territorio habitado por gentes con memoria, con técnicas, con dioses propios.

La vida, que tantas veces le había concedido distancia, le negó tiempo. Su esposa falleció en mayo de 1554, un golpe que las fuentes apenas registran pero que debió partirle el alma. Esa alma se desprendió de su cuerpo ese mismo año, un 2 de julio, en Sevilla, víctima de una enfermedad que le impedía sostener la pluma. Los médicos de la época hablaban de "perlesía", una parálisis progresiva que iba robándole el control de las manos. Hay algo profundamente paradójico en ese final: el hombre que lo anotó todo para que nada se olvidara perdiendo la capacidad de escribir. Pero lo ya narrado bastó para que hoy podamos asomarnos a una América poscolombina que sin él sería más borrosa.

Su obra quedó incompleta. Proyectaba una crónica en cuatro partes; publicó apenas la primera. Las otras permanecieron manuscritas, dispersas, algunas perdidas para siempre. Pero incluso fragmentada, su Crónica sigue siendo una de las fuentes más valiosas para entender aquel choque de mundos. Porque Cieza no juzgaba desde la superioridad del vencedor: observaba desde la curiosidad del que sabe que toda cultura es un universo completo.

Mirando su figura recostada contra la muralla, uno entiende que la historia no siempre se sostiene de pie. Hay verdades que necesitan inclinarse un poco para ser dichas. Grandezas que no caben en la vertical del orgullo. El pueblo lo entendió sin discursos ni placas: lo llamó el tumbaíto y siguió con su vida. Pero en ese gesto sencillo quedó guardada una lección. La verdadera grandeza no siempre se apoya en el triunfo; a veces descansa en la integridad de quien miró sin hacerse trampas.

Y hay algo más en esa postura. Hay una renuncia a la pose del conquistador, al gesto épico que otros cronistas adoptaron para complacer a reyes y virreyes. Cieza eligió la horizontalidad, la cercanía con la tierra, la posición de quien no domina sino que observa. Es una postura humilde en el sentido etimológico: humus, tierra, estar cerca del suelo. Y desde esa cercanía construyó un relato que todavía resiste, porque no dependía de la exaltación sino de la precisión.

Cieza de León —el "Príncipe"— no regresó para contar hazañas. Regresó para dejar constancia. Y dejar constancia implica aceptar que lo escrito no siempre tranquiliza. A veces incomoda, a veces pesa, a veces inclina el cuerpo de quien lo carga, incluso siglos después. Su escultura, su parque, su apodo y sus páginas se entrelazan: hilos de una misma tela. La de un hombre que eligió escribir cuando otros descansaban, que prefirió la verdad al brillo y que entendió, antes que muchos, que recordar no es levantar monumentos ni estatuas gloriosas.

En Llerena, su figura sigue ahí, recostada, sin imponerse. Los vecinos pasan a su lado camino de la plaza, los niños juegan cerca sin saber quién fue, los turistas se detienen a leer la placa. No reclama atención, pero la merece. Porque en esa inclinación se cifra algo ancestral: que hay hombres que no vuelven erguidos porque han experimentado demasiado. Y que ese languidecer, lejos de ser debilidad, es acaso la forma más digna de permanecer en pie.

Algunas tardes, cuando el sol de poniente tiñe de ocre la piedra de la muralla, la escultura proyecta una sombra alargada que parece extenderse hacia el interior de la villa. Cieza, incluso en bronce, sigue intentando volver a casa. El viaje no terminó nunca del todo. Los grandes viajes nunca acaban: cambian de forma. De travesía geográfica a travesía del recuerdo, caminos que otros perfilan donde él ya paró de andar, pero dejó su huella.

Llerena lo guarda así, arrellanado y eterno, con esa dignidad silenciosa de quien ya no necesita demostrar nada. Y el tumbaíto se acomoda. O más bien espera a que el mundo entienda que también se conquista con la mano que escribe cuando la otra suelta la espada. Y a que alguien, alguna vez, sepa que la historia no solo la escriben los que se envanecen, sino también los que se tumban.

sábado, 7 de febrero de 2026

LA CALLE CÁRCEL




 

La calle Cárcel no necesita carteles explicativos ni placas solemnes. Le basta su nombre. Un nombre que no disimula, que no embellece, que no pide perdón. Calle Cárcel. Así, sin rodeos. Hay calles que se llaman por lo que aspiran a ser; esta se llama por lo que fue. Y por lo que, de algún modo, sigue siendo.

No es una calle larga ni especialmente hermosa. No presume. Se deja recorrer sin prisa, como si supiera que quien la pisa no busca espectáculo, sino rastro. Aquí la historia no grita: murmura. Se esconde en las paredes, en los quicios gastados, en la forma en que la luz entra con cautela, sin atreverse a quedarse demasiado tiempo.

Hubo un tiempo en que ni siquiera se llamaba así. Fue Inquisición Vieja, nombre más frío y más preciso, como si la piedra hubiese querido decir la verdad sin metáforas. Antes aún, parte de su trazado se confundía con la antigua Alcantarilla, y solo cuando la ciudad empezó a contarse a sí misma en censos y donativos adquirió identidad propia. Los nombres oficiales suelen parecer detalles menores, pero son las primeras rejas invisibles de la memoria: lo que se escribe, permanece; lo que no, se diluye.

La cárcel, como institución, marcó esta calle más allá de los muros que la contuvieron. Porque una cárcel no termina en sus puertas: se filtra. Contamina el entorno con una gravedad particular. Durante siglos, el edificio que hacía esquina con la plaza fue prisión de la Gobernación. Las llaves no solo abrían y cerraban celdas: abrían y cerraban silencios. La calle aprendió pronto que el hierro tiene eco.

No hacía falta ver rejas para sentirlas. Bastaba con saber que detrás de una pared alguien esperaba. Esperaba juicio, esperaba castigo, esperaba olvido. La espera es una forma refinada de condena. Y esa espera dejó una huella invisible que la calle aún conserva, como conservan los viejos edificios el frío del invierno aunque ya nieve muy de vez en cuando.

Aquí se cruzaron miradas que no querían encontrarse; familiares que acudían con el corazón encogido; vecinos que preferían no saber demasiado; carceleros que aprendieron a endurecer el gesto para no llevarse el trabajo a casa. Y presos, muchos presos, de nombres hoy borrados, que aprendieron a medir el tiempo por los sonidos: pasos, llaves, voces lejanas. Entre ellos no solo hubo delincuentes comunes. También hubo sospechosos de fe, moriscos vigilados, penitenciados que no siempre entendían la culpa que se les atribuía. Porque en estas paredes, o muy cerca de ellas, tuvo asiento el Santo Oficio, y la Inquisición no necesitaba grandes plazas; prefería salas de audiencias, corredores estrechos y artesonados de madera donde hasta las vigas parecían inclinarse para escuchar confesiones.

Y, sin embargo, mucho antes de que la calle aprendiera el lenguaje del encierro, ya había conocido otro tipo de despedidas. En la cercana Casa Maestral, cuando aún resonaban títulos y órdenes militares, Leonor de Guzmán recibió el último abrazo de su hijo, el maestre don Fadrique. Las crónicas hablan de lágrimas largas y palabras escasas, de un silencio que pesaba más que cualquier discurso. La calle todavía no era cárcel, pero ya sabía lo que era ver marcharse a alguien sin certeza de regreso. La memoria de los lugares no siempre nace del castigo; a veces nace del adiós.

La Calle Cárcel fue frontera entre dentro y fuera; entre el mundo que seguía y el mundo que se detenía. Quien entraba por esas puertas sabía que algo se suspendía: la rutina, el nombre, a veces la dignidad. Y quien salía —si salía— ya no era el mismo. La calle lo veía pasar con esa indiferencia sabia que tienen los lugares acostumbrados a todo.

Las casas cercanas se acostumbraron al sonido metálico de las llaves, a los pasos nocturnos, a los murmullos que no se entendían. Los niños crecían sabiendo que había preguntas que no se hacían. Los mayores aprendían a bajar la voz al pasar. La calle educaba, no con palabras, sino con presencia.

Y, sin embargo, la vida seguía. Siempre sigue. En los mismos números donde antes hubo celdas, más tarde hubo pupitres; donde se oyeron confesiones, se escucharon lecciones. Las dependencias que un día sirvieron a la prisión de la Gobernación y a los usos inquisitoriales terminaron siendo ocupadas por instituciones académicas y religiosas, colegios y congregaciones que llenaron de voces infantiles lo que antes fue recinto de vigilancia. La historia tiene esa ironía discreta de convertir espacios de encierro en espacios de enseñanza, como si intentara corregirse sin admitir culpa.

El contraste no terminó ahí. Donde antes se temía entrar, después se trabajó; donde hubo disciplina y rezo, hubo vapor y cebada. En algunas de sus casas nació una fábrica de cerveza que llevó el nombre de La Extremeña, y más tarde La Cruz del Campo. Barriles y botellas sustituyeron a legajos y cerrojos. El agua que un día sirvió para limpiar celdas alimentó pozos industriales. La calle, que había aprendido el sonido de las llaves, terminó conociendo el tintinear del vidrio y el bullicio del comercio. Del hierro al cristal, del susurro al brindis: pocas metáforas explican mejor el paso del tiempo.

Hay calles que se ensanchan con los años; esta parece estrecharse. No físicamente, sino en la sensación. Como si la memoria ocupara espacio; como si los silencios acumulados empujaran las paredes hacia dentro. Caminarla hoy produce una incomodidad leve, casi imperceptible, pero real. Una invitación a no alargar la estancia.

Las piedras, gastadas, han visto pasar épocas enteras. Regímenes, leyes, nombres. Cambió de Inquisición Vieja a Cárcel, de severidad religiosa a función administrativa, de prisión a colegio, de miedo a rutina, de rutina a industria. Pero la lógica subterránea fue siempre la misma: contener, vigilar, ordenar. Y la calle aprendió ese lenguaje. A su manera, se volvió sobria. No hay en ella alegría ostentosa. Hay una dignidad contenida, casi severa.

Quien vive o ha vivido allí lo sabe. No se presume de dirección; no se dramatiza tampoco: se acepta. Como se aceptan las herencias incómodas. La calle Cárcel no pide compasión ni redención. Simplemente está. Y en ese estar recuerda que hubo un tiempo en que la libertad tenía horarios y la noche era más larga.

Hoy, al recorrerla, cuesta imaginar los gritos, los golpes, las súplicas. Pero no hace falta oírlos para saber que existieron. La memoria no siempre se manifiesta con escenas claras; a veces es solo una presión leve en el pecho, una necesidad de acelerar el paso.

La calle Cárcel no es un lugar de épica. Nadie viene aquí a buscar orgullo. Es, más bien, un espacio de aprendizaje silencioso. Enseña que el poder, cuando se encierra, deja huella. Que el castigo, incluso cuando se justifica, no es neutro. Y que los lugares recuerdan lo que las personas prefieren olvidar.

No hay monumentos ni homenajes. Y quizá no los necesita. Porque esta calle funciona como advertencia sin palabras. Como un recordatorio discreto de lo frágil que es la libertad cuando se administra desde el miedo. De lo fácil que resulta normalizar la reja cuando no nos toca a nosotros.

Caminar hoy por la calle Cárcel es hacerlo con una mezcla de respeto y distancia. No invita a quedarse, pero sí a pensar. A recordar que la justicia, cuando pierde humanidad, se parece demasiado al castigo. Y que las calles, como las personas, cargan con su pasado aunque se empeñen en seguir adelante.

Llerena ha cambiado. La cárcel ya no cumple la función que le dio nombre a la calle. Pero el nombre permanece. Y con él, la memoria. No como condena, sino como conciencia. Porque hay historias que no deben borrarse, aunque incomoden. Hay calles que nos recuerdan quiénes fuimos para entender mejor quiénes no queremos volver a ser.

La calle Cárcel sigue ahí. Silenciosa. Entera. No reclama atención, pero la merece. Porque en su discreción se concentra una verdad antigua: que la historia no siempre se escribe en las plazas, sino en los pasillos estrechos donde se decide, en voz baja, el destino de los hombres; donde una vez hubo cerrojos, después hubo libros y, más tarde, brindis. Y en esa superposición —hierro, madera y vidrio— se resume, sin decirlo, la biografía entera de una ciudad.

domingo, 25 de enero de 2026

EL BAR DEPORTE

 




El Bar Deporte no es un bar temático, aunque el nombre invite a pensarlo. Aquí el deporte no se practica: se discute. Con una pasión que prescinde de coherencia, de datos, de memoria. Basta la convicción momentánea, el argumento improvisado, la certeza absoluta que dura lo que tarda en vaciarse la siguiente caña. El Bar Deporte es, antes que nada, una escuela de oratoria espontánea, una facultad sin rector y sin exámenes, donde cada parroquiano defiende su teoría como si en ello le fuera la vida, aunque al final lo único en juego sea el orgullo.

Está en el Pasquín, justo frente a la puerta gótica de la Iglesia de la Granada, como si alguien hubiera querido equilibrar la balanza: de un lado, la piedra y el silencio; del otro, el ruido y la vida profana. La iglesia, con su severidad, parece observar al bar con una mezcla de reproche y resignación. Pero el Bar Deporte no se intimida. Lleva décadas ahí, arraigado en una esquina de la plaza como un árbol viejo que nadie se atreve a talar. Desde sus ventanas se ve salir a la gente de misa los domingos, y algunos —los menos devotos o los más sinceros— cruzan directamente al bar, como si el ritual religioso necesitara un epílogo terrenal. Hay algo poético en esa geografía: lo sagrado y lo cotidiano frente a frente, sin hostilidad, sin competencia, simplemente compartiendo la misma plaza, el mismo aire, la misma luz de la tarde.

Se entra en él como se entra en un paréntesis. Afuera quedan la prisa y las obligaciones; dentro, el tiempo adquiere una densidad especial, casi aceitosa. Las horas no avanzan: se sedimentan. El humo —cuando aún se fumaba— ayudaba a esa sensación de suspensión, como si el aire se negara a renovarse por respeto a lo ya dicho, por lealtad al comentario gastado, a la discusión inacabable, al "ya te lo dije" que se pronuncia con solemnidad de misa.

Las mesas altas no son simples mesas: son trincheras. Cada una defiende su versión del mundo con la misma fiereza con la que otros defienden una fe. El fútbol es la excusa principal, pero no la única. Se habla de toros, de política local, del tiempo —siempre del tiempo— y, de cuando en cuando, de la vida, aunque ese tema suele incomodar. Para eso están los partidos: para no llegar demasiado lejos. Basta con que el árbitro pite mal, con que un delantero falle lo imperdonable, con que alguien diga "esto en mis tiempos no pasaba" para que el debate se reanude como un motor viejo que, aunque cascado, persiste en funcionar.

Jacinto conoce a todos sin necesidad de nombres. Sabe qué vaso poner antes de que se pida, qué conversación interrumpir con una pregunta oportuna, qué silencio respetar. En su oficio hay algo de árbitro hastiado y algo de confesor laico. Nunca toma partido, pero lo sabe todo. Sabe quién viene con la tristeza a cuestas, quién viene buscando bronca, quién viene únicamente a sentirse acompañado sin tener que admitirlo. Sabe incluso lo que cada uno calla, porque en los bares de pueblo el silencio tiene rostro, tiene costumbre y tiene hora.

El Bar Deporte tiene una acústica particular. Las voces se superponen sin anularse, creando un murmullo constante, una música irregular que solo se detiene ante el gol decisivo o la frase especialmente ingeniosa. Entonces viene la pausa, breve y solemne, seguida del estallido: risas, golpes en la mesa, algún insulto pronunciado con afecto. Y, de fondo, el sonido familiar de los vasos, el choque de los platos, la vida ordinaria golpeando la barra con su insistencia metálica.

Pero el Bar Deporte no es sólo palabra: es también hambre. Un hambre de pueblo, sin delicadezas, sin teatro, sin gastronomía de etiqueta. Allí las pavías de bacalao no son un plato: son una institución. Llegan calientes, doradas, crujientes, con ese olor que ya es una respuesta antes de que uno pregunte nada. Se comen con las manos, sin vergüenza y sin prisa, como se comen las cosas que pertenecen a un rito. Y siempre hay alguien que dice lo mismo —como si fuera obligatorio—: "Esto sí que es comer", y otro que asiente con la boca llena, porque en el Bar Deporte la razón también se demuestra masticando.

Las pavías son el paréntesis dentro del paréntesis. Permiten que la discusión descienda un grado, que el tono se domesticara por un instante. Incluso el más furioso se quedaba callado mientras mordía. El bacalao tiene ese poder: pacificar por unos segundos a hombres convencidos de que el mundo depende del lateral izquierdo, del penalti no pitado o de la torpeza del entrenador. Y cuando se terminaban, volvía el ruido. Como si el bar respirara y de nuevo retomara su condición esencial: la disputa.

Allí se aprende a perder. No con elegancia, pero sí con compañía. El fracaso deportivo —propio o ajeno— encuentra consuelo inmediato en otra ronda, en otra discusión, en la promesa tácita de la revancha. Nadie se va derrotado del todo. El Bar Deporte sabe diluir la amargura. Hay derrotas que, contadas allí, perdían peso, se vuelven casi un chiste, se convierten en material para el próximo domingo.

Recuerdo haberme sentado en una esquina, más observador que participante, escuchando argumentos circulares que se repetían semana tras semana con ligeras variaciones. Lo curioso era que nadie parecía fatigarse. Tal vez porque no se discute para convencer, sino para estar. La conversación era el pretexto; la compañía; el fin verdadero. El bar es una excusa para no quedarse solo en casa, para no enfrentarse a la tarde larga, para sentirse parte de algo sin necesidad de nombrarlo.

Con el tiempo, el Bar Deporte ha ido perdiendo clientes y ganando leyenda, porque los más jóvenes prefieren otros lugares, más luminosos, con wifi y menos humo de memoria. El Pasquín también cambió: se fue llenando de mesas, de un runrún de fondo que compite con el sonido de las campanas. La puerta gótica sigue ahí, imperturbable, como sigue el bar, aunque más discreto. Pero quien entró alguna vez en aquel paréntesis sabe que algo se pierde: la lentitud, el ritual, la certeza de que mañana todo volverá a empezar idéntico. Allí el mundo es repetitivo, sí, pero esa repetición trae consuelo. Hay una seguridad infantil en saber que el mismo comentario volverá, que la misma broma se repetirá, que el mismo enfado acabaría siendo risa.

Hoy el local sigue abierto, aunque ya no es exactamente el mismo. Cambiaron las mesas, pusieron televisiones planas, modernizaron la barra. Pero cuando uno entra al atardecer y ve a los últimos resistentes ocupando sus fortificaciones, entiende que el Bar Deporte no es un lugar, sino un tiempo. Un tiempo que algunos aún habitan, con la terquedad de quien se niega a dar por terminada una discusión que nunca tuvo solución. Y mientras haya una caña servida con oficio, un gol discutible y unas pavías de bacalao que lleguen a tiempo, ese tiempo seguirá ocurriendo.

Y al salir, uno lleva consigo esa extraña nostalgia de las cosas que no fueron suyas del todo, pero que sin embargo pesan. Como si el Bar Deporte sea, sin que nadie lo decidiera, un ensayo general de la vida: ruidoso, imperfecto, repetitivo, insustituible. Un lugar donde el mundo parece menos grave porque hay barra, hay conversación, hay ritual… y hay, por encima de todo, una mesa con pavías compartidas que, durante un rato, consiguen que todo lo demás importe un poco menos.

sábado, 17 de enero de 2026

EL PASQUÍN





 

Hay lugares que no se recorren con los pies sino con la memoria ajena, como si el pueblo los hubiera soñado antes de que uno llegara. El Pasquín es uno de ellos. No tiene la solemnidad de una plaza mayor ni la épica cansada de las murallas; no se exhibe como monumento ni reclama atención. Está ahí, sin embargo, sosteniendo un rumor antiguo, un murmullo de papel y cal, de palabras dichas a media voz y miradas que leen sin parecerlo.

El Pasquín fue, durante mucho tiempo, el lugar donde la verdad se colgaba con chinchetas invisibles. No la verdad completa —esa no aguanta la intemperie—, sino su esqueleto irónico, su caricatura moral. En una esquina discreta, bajo una pared acostumbrada al sol de la tarde, aparecían los papeles: hojas arrancadas de cuadernos escolares, cuartillas mecanografiadas, a veces simples frases escritas con bolígrafo nervioso. Nadie veía quién los ponía. Todos sabían, en cambio, de quiénes hablaban.

Leer el Pasquín era un acto casi religioso. No se hacía de golpe. El lector se acercaba con la excusa de atarse un cordón, de encender un cigarro, de esperar a alguien que nunca llegaba. Entonces, con el rabillo del ojo, empezaba la lectura. El texto exigía una segunda pasada, más lenta, ya comprometida. Y después venía el gesto inevitable: mirar alrededor, comprobar si alguien más había leído lo mismo, si alguien sonreía con esa sonrisa culpable que delata el reconocimiento.

El Pasquín educó al pueblo en una forma peculiar de conciencia. No juzgaba desde la altura de la ley ni desde la piedad del púlpito. Juzgaba desde el ingenio, que es una forma menor de justicia, pero más eficaz. Allí se ventilaban pequeñas miserias: el concejal que predicaba austeridad y estrenaba coche, el comerciante que regateaba la caridad, el amante fiel solo en horario de oficina. Nadie salía ileso del todo, pero tampoco herido de muerte. El Pasquín sabía medir el daño.

Había en él algo infantil y algo cruel. Infantil, porque conservaba el placer del chisme rimado, del apodo certero, de la broma compartida. Cruel, porque no concedía derecho a réplica. El papel hablaba y luego callaba. Al día siguiente, tal vez, otro papel ocuparía su lugar, o tal vez no. El silencio también era castigo.

Recuerdo haber pasado por allí de niño, sin comprender del todo el mecanismo, pero intuyendo que aquel rincón era peligroso. Los mayores bajaban la voz, como si las palabras escritas pudieran oírse a sí mismas. Alguna vez pregunté qué era aquello y me respondieron con evasivas: "Nada", "cosas de mayores", "tonterías". Aprendí pronto que lo que se llama tontería suele ser lo más serio.

Con los años, el Pasquín fue perdiendo papeles y ganando nostalgia. La cal volvió a imponerse al texto, como si el muro hubiera decidido olvidar. Pero el lugar siguió siendo el mismo. Allí, incluso sin hojas colgadas, uno sentía la tentación de leer. Leer la pared, leer el aire, leer los silencios acumulados. Porque el Pasquín no era solo lo que se decía, sino la posibilidad de decirlo sin dar la cara.

En tiempos nuevos, más dados al escándalo inmediato y a la denuncia sin poesía, el Pasquín parecería una reliquia ingenua. ¿Para qué colgar un papel si basta un mensaje lanzado al vacío digital? Y, sin embargo, falta algo. Falta el cuerpo del lugar, la espera, el gesto compartido de la lectura clandestina. Falta la lentitud del daño, que permitía a la vergüenza asentarse como polvo fino.

El Pasquín pertenecía a una ética del pueblo pequeño, donde todos se conocen y nadie es del todo inocente. Su función no era destruir, sino recordar. Recordar que la mirada del otro existe, que el anonimato absoluto es una ficción, que incluso el silencio tiene testigos. En ese sentido, el Pasquín era más moral que moralista.

Hoy paso por allí y no hay nada colgado. Pero a veces, al atardecer, cuando la luz cae de lado y la pared parece más vieja de lo que es, juraría ver una sombra de papel, una frase a punto de escribirse. Entonces entiendo que el Pasquín no murió: se volvió interior. Ahora cada cual carga con su propio papel, invisible, colgado en la conciencia.

Quizá por eso el lugar sigue inquietando. Porque nos recuerda que alguna vez el pueblo habló sin nombre, y que aún podría hacerlo. Y uno se aleja despacio, con la sensación incómoda de haber sido leído.



IGLESIA NUESTRA SEÑORA DE LA GRANADA

  I Hay edificios que no necesitan presentación. Se conocen antes de haber entrado en ellos, forman parte del paisaje de la infancia, de la ...