viernes, 11 de septiembre de 2026

LA CALLE AURORA

 



Hay calles que sirven para ir de un lugar a otro. La calle Aurora no es de esas. Vista desde la Plaza de España, se aleja hacia Cuatro Caminos y hacia el antiguo límite de la ciudad; recorrida en sentido contrario, desde donde estuvieron la muralla y la puerta, hace algo más interesante: conduce hacia el corazón de Llerena. No entrega la Plaza de golpe. La va anunciando: primero las casas, después las voces, la proximidad creciente del centro y, al final, ese espacio abierto donde la ciudad parece reconocerse a sí misma.

Tal vez por eso su nombre resulte tan apropiado.

Aurora.

La aurora tampoco es todavía el día. Lo precede. Es la claridad que comienza a levantar la noche, la promesa de algo que aún no vemos por completo. De igual manera, quien entra en Llerena por esta calle avanza hacia la Plaza como quien camina hacia una luz que se adivina antes de aparecer. Cada paso deja un poco más lejos el camino y acerca un poco más la ciudad.

No siempre tuvo ese nombre. Durante los siglos XVI y XVII fue la calle de la Puerta Nueva, porque allí se encontraba una de las entradas de la población amurallada. Sobre aquella puerta había una pequeña imagen de Nuestra Señora de la Aurora, tallada en 1582 por Rodrigo Lucas y cobijada en una hornacina. Con los años, la puerta perdió su función y acabó desapareciendo como tal, pero la Virgen dejó algo más duradero que la piedra: un nombre. Ya en el siglo XIX la documentación comienza a llamar Aurora a la calle.

Me gusta imaginar aquella entrada cuando el campo empezaba exactamente al otro lado. Un carro esperando, el polvo sobre las botas, las bestias cansadas, alguien que llega después de horas de camino y levanta un instante la cabeza hacia la hornacina antes de cruzar. Para unos sería llegada; para otros, despedida. Las puertas antiguas tenían esa doble condición que hemos olvidado: eran el punto exacto en que una ciudad comenzaba y terminaba.

De aquella muralla quedan todavía vestigios. Parte de la antigua cerca quedó integrada en la rehabilitación del Centro Comercial Puerta Aurora, cuyo proyecto quiso conservar y rescatar precisamente esos restos. No deja de ser curioso: donde hubo una puerta que regulaba quién entraba y quién salía de la villa hay ahora otra puerta, la de un centro comercial. Cambió radicalmente lo que sucede detrás, pero permanece el gesto elemental de atravesar un umbral. La muralla, o lo que sobrevivió de ella, permanece allí como una discreta advertencia de que antes que nosotros hubo otros modos de entrar en Llerena.

La calle conoció durante mucho tiempo una división que hoy resulta difícil advertir. El tramo más próximo a la Plaza se llamó Alhóndiga, porque allí se recibía el trigo y los productos llegados de los alrededores. De aquel espacio queda todavía su antiguo acceso, hoy convertido en entrada a la Oficina de Turismo, precisamente al comienzo de la calle. Por donde entraban forasteros con mercancías llegan ahora viajeros con preguntas. Donde se preguntaba por el precio del trigo se pregunta hoy por una iglesia, un palacio o dónde comer. Cambiaron las preguntas; lo que no cambia es el gesto de recibir a quien llega.

Cerca de allí, en el mesón de Horozqueta, nació Diego Fernández Barba, uno de esos hombres para quienes esta calle fue realmente el comienzo de un viaje. Marchó a Panamá, hizo fortuna y destinó una parte importante de sus bienes a una obra pía cuyas rentas ayudaron durante los siglos XVII y XVIII a los vecinos más pobres de Llerena.

Siempre me han impresionado esas biografías antiguas en las que alguien se marcha al otro extremo del mundo y, sin embargo, parece no terminar de irse nunca. Fernández Barba cruzó el océano, pero una parte de lo que consiguió regresó a las mismas calles de las que había partido. Quizá esa sea una forma particularmente hermosa de volver: hacer que la distancia termine beneficiando a quienes permanecieron.

No sabemos qué recordaría de Llerena desde Panamá. La memoria tiene poca disciplina. Guarda una sombra en una pared y olvida un palacio; conserva el olor de una cocina y borra una fecha; mantiene durante décadas el sonido de una puerta que se cerraba cada noche. Tal vez recordara la calle. Tal vez alguna mañana en el mesón. Pero algo debió de quedar unido a aquel lugar para que, desde tan lejos, pensara de nuevo en quienes seguían aquí.

La Aurora fue calle de mesones y lugares de reunión. Hubo un Casino de la Juventud; antes había existido el mesón de Ordiales. Nombres que fueron importantes durante un tiempo y que ahora necesitan una nota a pie de página para no desaparecer del todo. Pero la costumbre que representaban sobrevivió mejor que ellos: entrar, sentarse, encontrarse con alguien y prolongar un rato una conversación que al principio no parecía tener demasiada importancia.

En esa continuidad encaja hoy el Budy.

Desde hace décadas forma parte de la geografía cotidiana de la Aurora. Hoy lo regenta Kiko, que ha sabido mantener algo que no se aprende en ningún manual de hostelería: esa manera de atender en la que la amabilidad no parece profesional sino natural. Uno entra para comer o tomar algo y termina sintiendo que ha entrado en un lugar conocido. Hay establecimientos que ocupan un local; otros acaban ocupando también un pequeño espacio en la vida de una calle. El Budy pertenece a estos últimos.

Un poco más arriba, ya en lo que fue la calle Puerta Nueva, la prolongación de la Aurora hacia Cuatro Caminos guarda también su propia historia más reciente. Allí instalé mi primer despacho en Llerena, al lado de Mapfre, en aquellos primeros años en que una ciudad se aprende a pie, caminando de un extremo al otro sin saber todavía muy bien adónde va a llevarte cada puerta. Entonces no pensaba en la Puerta Nueva ni en sus siglos de historia. Pensaba en los clientes, en los expedientes, en perseverar en el oficio. Solo mucho después, cuando uno empieza a mirar las calles de otra manera, comprendes que también tú formas parte de esa larga lista de personas que han ido dejando algo en la calle Aurora sin proponérselo, aunque solo sea a fuerza de recorrerla de camino al juzgado.

Más arriba se encuentra la antigua casa de doña Mariana, imposible de confundir con las que la rodean. Su fachada conserva cierta elegancia de otro tiempo: no una elegancia exhibicionista, sino la seguridad tranquila de una casa construida cuando todavía se pensaba que las familias y los edificios podían durar indefinidamente. A finales del siglo XIX Antonio Zambrano encargó al arquitecto Ventura Vaca una residencia que este llamó hotel particular. Mármol, hierro, balcones, vidrieras, galerías, jardines y una escalera imperial fueron configurando una casa pensada no solo para ser habitada, sino para representar una determinada forma de vivir.

Arriba permanece el mirador.

La tradición cuenta que Antonio Zambrano quiso disponer de aquella altura para contemplar desde allí la salida de la Virgen de la Granada. Hay algo conmovedor en esa imagen: construir una torre doméstica simplemente para mirar. Hoy la casa es la Hospedería Mirador de Llerena y continúa recibiendo huéspedes. Las habitaciones han cambiado de habitantes; el patio escucha otras voces; por la escalera suben personas que probablemente ignoran quién bajaba por ella hace cien años. No importa demasiado. Las casas antiguas poseen una admirable capacidad para soportar nuestra pretensión de permanencia. Nos dejan vivir dentro durante un tiempo y después aceptan con la misma serenidad a quienes llegan detrás.

Pero una calle no es el suelo que pisamos. Ni siquiera son solo sus edificios. Es también la distancia aprendida entre una esquina y otra, el lugar exacto donde una fachada ofrece sombra en agosto, una puerta que asociamos a determinada persona, una ventana iluminada al regresar de noche. Uno no sabe cuándo empieza a guardar una calle dentro de sí. Sucede sin advertencia, mientras atendemos a otras cosas.

Si hoy se recorre la calle Aurora desde Cuatro Caminos hacia el centro, quedan primero atrás los restos de la vieja muralla, incorporados al actual Puerta Aurora, que recuerdan apenas que allí hubo una frontera. Después aparecen casas, negocios, el Budy, el Mirador; se deja atrás la calle Cristo y poco a poco algo comienza a cambiar. La perspectiva se cierra. Las voces parecen más próximas. La Plaza todavía no se ve del todo, pero se intuye.

Y ese es, para mí, el verdadero sentido de esta calle.

Aurora no es únicamente su nombre. Es su manera de conducirnos.

La aurora anuncia la luz antes de que la luz ocupe el cielo entero. Esta calle anuncia la Plaza antes de que la Plaza se abra ante nosotros. Desde la antigua puerta hacia el centro, cada paso parece aclarar un poco más Llerena. Dejamos atrás el límite, atravesamos siglos distintos, pasamos junto a casas que fueron otras casas y lugares donde todavía se detiene la vida, hasta que finalmente desembocamos en el espacio donde tantas calles terminan encontrándose.

Hubo un tiempo en que atravesar la Puerta Nueva significaba entrar en Llerena.

Aquella puerta ya no existe. Pero el gesto permanece.

Porque quien recorre la Aurora en dirección a la Plaza sigue haciendo, de alguna manera, el mismo viaje: pasar del camino a la ciudad, del afuera al adentro, de la primera claridad al día completo.

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